Hay una generación de artistas colombianos que convirtió la ciudad en su territorio de caza. No la ciudad como fondo ni como paisaje, sino como experiencia viva: el habitar, las sombras, los espacios que están a punto de desaparecer, las personas anónimas que cruzan una esquina y no vuelven.
Estos artistas no documentaron la ciudad — la interpretaron. Salieron a recorrerla, a observarla, a esperar, hasta volverse cazadores de la vitalidad que atraviesa las calles y las ventanas, de aquello que persiste en las baldosas y los umbrales. Se apropiaron de lo que vieron y dirigieron nuestra mirada hacia lo que, si parpadeas, se pierde.
El contexto histórico es preciso: las décadas de los setenta y ochenta en Colombia, un período de transformación urbana profunda donde el conservadurismo y el modernismo coexistían en tensión, y donde algunos artistas — desde Cali y Bogotá — decidieron salir a la calle con la mirada afilada. Ese momento produjo algunas de las imágenes más poderosas del arte colombiano del siglo XX.
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