Como espectadores es necesario empezar a mirar una obra, a cumplirle una cita, por el soporte: de madera y con un tamaño íntimo 42.6×34.3cn. Seguir por el color: acrílico negro – gris profundo, que lo cubre todo. Es clave darse cuenta de un ensamblaje de pedazos de madera y cartón, como un cinturón grueso que atraviesa la superficie. Y también dejarse llevar por líneas discretas y por unos puntos azules, como al azar, que hacen que el ojo del espectador se mueva, los busque, y no deje ningún espacio del cuadro sin recorrer. Un título: La puerta de marte.

Finales de 1963. David Manzur tiene 34 años y vive en New York en medio de las tensiones entre el arte POP, que propone los objetos del supermercado, cajas de jabón, sopas enlatadas, como arte. El POP se enfrenta con fuerza al Expresionismo abstracto que, por el contrario, quiere que los tachones y los “chorriones” de pintura vivan sobre la tela. Y también cobran fuerza en Norte América, artistas que buscan reivindicar los materiales industriales — acero, vidrio—, y los deshechos de las fábricas y del consumo masivo —cartón y papel—, como posibilidades constructivas de las nuevas superficies y de las nuevas formas del arte. Un movimiento que se llamó Constructivismo, como en sus inicios en la Rusia de 1920, y que por momentos se movió entre dos intereses: o vincularse al diseño de objetos utilitarios o reclamar una presencia formal del acto de construir con los materiales del mundo, concretos, como los componentes de los edificios y los puentes, pero en formas libres, sin amarre a ninguna función.
Manzur escucha, discute, pero es un artista que no se deja clasificar y que encuentra su propio lugar con absoluta libertad. Resuelve buscar respuestas en otros universos y se matricula en unos cursos de astronomía en Chicago: quería dejar en pausa las discusiones sobre arte y optar por la ciencia.
Anhelaba encontrarme con los planetas y esas maravillas del universo con las cuales empecé a soñar desde mis lecturas de Julio Verne. Y me enfrento a un rigor peor que el del internado de las Islas Canarias donde estudié; todo eran altas matemáticas, un lenguaje cifrado, en un momento en el que se empezaba a hablar de computadores. En una ocasión pregunté a un profesor si era posible la existencia de habitantes en Marte. Su respuesta fue categórica: “Sea serio o retírese. La ciencia sólo puede aceptar lo comprobado”. Yo era artista y querían arrebatarme la especulación y la fantasía.
Este cuadro resulta entonces un manifiesto de la libertad de pensamiento que reivindica como material constructivo, la imaginación.
Recomiendo siempre entrar al arte en compañía de las conversaciones de los artistas y las de Manzur en particular, porque son reveladoras de un pensamiento que nos enseña a concebir el pensamiento como puntos de cruce de múltiples referencias. En ellas aparece Neira el pueblo al norte de Manizales donde nació en 1929, con personajes religiosos que marchaban por las calles balanceándose en las procesiones. Nos cuenta también de su madre aficionada al teatro, y de su padre nacido en Siria que los llevó a vivir a África, a Bata en Guinea ecuatorial, y luego a España en plena guerra.
En sus conversaciones, Manzur habla sobre el dibujo, pero no necesariamente sobre un dibujo representativo de la realidad, sino ante todo como gesto de la mano del artista, incluso en el aire, “signo sintético del movimiento de la mano”, que permite visualizar las calidades del mundo y el movimiento.
El dibujo no tiene por qué representar, no tiene que narrar; el dibujo puede ser abstracto, pero la sensibilidad del contacto con la mano, la rapidez y la ligazón del dibujo con el pensamiento son definitivos.
Esta idea parece describir La puerta de marte, el cuadro que nos ocupa. Es 1968, falta un año para que el hombre llegue a la luna y el cuadro responde al contexto de conversaciones y noticias pero enriquecido sobre todo por la manera de tratar los materiales. En una tabla que puede ser un resto de los materiales de su taller, el negro gris parece un soplo de polvo que la cubre. Pedazos de cartón y madera se ensamblan sin lograrlo del todo; intentan acoplarse y en ese intento, van ganando profundidad y aparecen nuevas formas. Unas líneas libres como coordenadas y puntos azules, huellas de agua o de seres vivos —quién puede decirlo—, amplían las posibilidades visuales.
La puerta de marte hace parte de un periodo de la obra de Manzur que se ha llamado abstracto, ente 1960 y 70, entre Nueva York y Bogotá, en el cual experimentó con las superficies, sin narrar en ellas ninguna historia, pero a las que les exigió profundidad y tensiones con líneas de nylon y engranajes. Experimentó con el dibujo como pintura y con la pintura como un mundo en sí mismo y exploró otra perspectiva, premonitoria para el momento y cercana al efecto overview, como los astronautas cuando describen los planetas desde el espacio. Un período que se convirtió en una forma de estar a su modo en medio del ambiente constructivista neoyorkino del que fue partícipe, junto con Naum Gabo uno de sus principales exponentes.
Pero a mí me gustaría decir que es un período de superficies esenciales. Vuelvo a sus conversaciones: “El dibujo es pintura, música, pulsación e impacto tonal, dimensiones que van a repercutir en su riqueza”.
La puerta de marte entonces, un cuadro como una sugerencia para que el espectador “lo abra” y pueda entrar en él con sus referentes personales sobre acoples difíciles, huellas y pulsaciones inolvidables, coordenadas secretas. Una obra que lo acompaña a meditar en la construcción vital del mundo
Natalia Gutiérrez E.
1 María Cristina Laverde. David Manzur: Historia de una obra de fantasía y misterio.
2https://www.youtube.com/watch?v=OHmc8hKFDxw
Marta Muñoz David Manzur historia debida parte 1y 2
